Por: Kent Figueroa Perales
Perú

Kent

A la Flaca que se salió con la suya

Nos hemos venido a la habitación después del papelón en el restaurant. Todo se fue al garete cuando cayó el primer cocodrilo y no pudimos retenerlo. Cayó bruscamente al caldo de pollo, salpicándonos las alverjitas y el humeante líquido. Yo tenía la culpa, había hecho llorar a la Flaca. Mi crueldad fue demasiado lejos: le dije sin piedad que sus películas coreanas me parecían horrendas. Y ella, que gusta tanto compartir sus descubrimientos cinematográficos, se echó a llorar cocodrilos en plena cena.

Un cocodrilo, dos cocodrilos, innumerables cocodrilos caían de sus ojos. Cocodrilos grises y opacos que rugían en cada salto. Yo trataba de calmar esa catarata de lagartos lanzando odas al cine coreano, maximizando a sus actores y prometiendo maratones de películas al llegar a casa (con Coca – Cola y popcorn).

Ella, después de oírme durante cinco minutos, cesó de llorar y los cocodrilos dejaron de caer; pero ya era demasiado tarde, la situación se había salido de control. Los cocodrilos nadaban sobre los fideos; se abrían paso entre las verduras a mordiscones y coletazos. Otros, reptaban libremente por el piso, siendo un verdadero peligro para los camareros (un mozo resbaló al pisar uno). Pero el punto crítico, lo que desató nuestra huida del restaurant, fue cuando uno de los cocodrilos mordió el dedo gordo de una mujer en sandalias. El grito nos alarmó a todos, era un grito lleno de dolor y rabia. La mujer estiraba el pie mordiéndose el puño izquierdo mientras su marido trataba de arrancarle un cocodrilo del dedo. A la Flaca no le importaba mucho el sentimiento de la mujer atacada; para ella el dolor físico no era nada comparado al dolor emocional <>. Despreocupada, la Flaca se arrodilló y comenzó a recoger a cada lagarto de la cola; los sostenía entre sus delgadísimos dedos y los guardaba en su cartera. Yo estaba avergonzado; los comensales me miraban con odio, sobre todo el hombre que trataba de salvar el dedo gordo de su mujer. Escondía la cara tras el menú leyendo y releyendo el nombre de un plato hecho con cordero y berenjenas. De refilón miraba a la Flaca que ya estaba por el enésimo cocodrilo, sonriendo como una loca y respondiendo las preguntas de un niño obeso que se acercó para ver más de cerca. El niño, que no se cansaba de preguntar sobre los cuidados de un cocodrilo, comentó que cuando estornudaba se le escurrían babosas verdes por la nariz. Todo parecía de lujo para la Flaca, que se limitaba a sonreírle al niño y contestarle con un sí.

Un mozo cojitranco se paró frente a ella y le ordenó que se levantara.

– No puedo – dijo -, si los dejo los pisan, ya han chancado a uno.

No pude soportar más, no toleraba el hecho de ver a mi amada recogiendo cocodrilos del piso, respondiendo preguntas inocentes y discutiendo con un renco prepotente. Así que tomé mi saco, dejé un billete de veinte soles en la mesa y arrastré a la Flaca (a ella y a sus cocodrilos) fuera de ese infierno de tenedores y almuerzos.

Mientras caminábamos, algunos de los cocodrilos caían de su cartera. Ella no se daba cuenta, hablaba tanto de un cantante coreano que le parecía guapísimo que no notaba la fuga de sus cocodrilos. Yo miraba de reojo como los reptiles caían a las alcantarillas, como los gatos se los llevaban al hocico, como eran pisoteados por los autos. Uno de ellos, el más grande, caminó hasta la esquina de la vereda y cayó boca arriba siendo presa fácil de una lechuza marrón. Final triste para cocodrilos tristes.

Ya en nuestra habitación, con un vaso de Coca – Cola y un tazón de popcorn extremadamente salado, cumplo la promesa que le hice a la Flaca en el restaurant. Claro que primero me deshice de los cocodrilos que sobraron en la cartera, los tiré al wáter y jalé la palanca. Nunca había visto a lagartos ser víctimas de un vórtice, girar y girar hasta descender a las profundidades del desagüe. Una vez terminada la ejecución, puse el filme en la TV, encendí un Chesterfield y abracé a la Flaca. Ella rio emocionada. Tiene una risa muy bonita. Cuando la Flaca ríe se le escapan las mariposas.

Revista Sinapsis. 
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