Por: Kent Figueroa Perales
Perú

Kent

Sabía que le harían el amor en el Paraíso; que mientras el minutero acariciaba los numeritos del reloj colgado en la columna central, Dimitri, fiel amante del color de los nomeolvides, la tomaría entre sus macizos brazos acercándola hasta su torso, silbándole la tonada de Petite Fleur detrás de la oreja, rozándole las opulentas carnes vestidas de purpura, apretándolas, y alzándoles la tela como un salvaje conquistador para hacerle el amor, como de costumbre, en la oscuridad de aquel cuartucho al que llamaban el Paraíso, con la vitrola encendida y el alma de puntillas. Y Maggie, que le encantaba el placer del sexo cuando el viejo Bechet tocaba el clarinete, mutaba de aquella cotidiana parisina (empleada en una boutique del Boulevard Saint Germain) a la experta afrodita de lengua cereza que bañaba los dientes manchados de su amado.

Pero el Paraíso, si es que se podía llamar vulgarmente Paraíso, atravesaba un contagio de fisuras que alarmaban a los transeúntes del viejo Barrio Latino. Ubicado encima de una pequeña tienda de comestibles, el cuartucho soportaba, tristemente, cada movimiento de la tierra como quien estuviese condenado a aguantar. Las paredes del Paraíso se descascaraban, trazaban líneas gigantescas que llegaban hasta el encuentro de la ventana. Y la ventana, una ventana de madera apolillada por la cual cada mañana, Maggie despertada (revitalizada de los sueños dulzones de la infancia) sorbía su taza de café apoyada en el marco. Era el paradero final de las aves ciegas. Bastaba pararse bajo el firmamento del Paraíso, para ver el espectáculo de cada día; tal vez por el potente reflejo de su vidrio, las palomas más estúpidas no fijaban atención a su vuelo, y pensando que se topaban con una compañera idéntica, embestían el duro cristal con sus cabecitas, reventándoselas. Y no era de esperar que Maggie reforzara la luna de su ventana para evitarse el cambio constante de estas.

El Paraíso era lo único que le quedaba, en él, Dimitri, podía hacerle el amor hasta la madrugada, chuparle el sudor del cuello e inventarle letras a la trompeta de Miles Davis. También en él, sus sueños de dramaturga se iban construyendo; redactaba tras horas insomnes dramas amorosos con el final más peliculesco posible. Porque la realidad, decía ella, supera a la ficción, y por ese motivo, la ficción debía buscar superar la realidad. Así que armada de una taza de Nescafé con ron, un Chesterfield rojo, una estilográfica de punta dorada, y el jazz (infaltable, inimaginable, las fotos de Parker pegadas al cartón de los vinilos se sentirían deshonrados si no se mencionasen su figura), jugaba a ser la arquitecta de la literatura, la diosa malévola de la cual dependían relaciones fantásticas para esperanzarse en un sino que no bordase la tragedia.
Dimitri dejó de jugar con sus posaderas, y llevó su mano a la cintura de Maggie para inclinarla y mirarle a los ojos de una clavada.

* ¿Será el jazz la música del verdadero Paraíso? – preguntó acercándose a los labios de Maggie con un suspiro – ¿Crees que en ese Paraíso esté permitido hacerte el amor?

* No lo sé – contestó Maggie acariciándole la espalda -, tal vez por ese motivo construimos el nuestro.

Se besaron. Al viejo Bechet parecía importarle poco la unión de aquellas lenguas, y siguió maquinalmente con el sonido de su clarinete.

* Mierda, Maggie – dijo Dimitri extasiado -, hay algo que no entiendo, no lo soluciono por completo. Dime, ¿éste soy yo verdaderamente, o es el influjo de la música que nos pone tan apasionados? Porque en estos momentos, como todos los momentos que vengo a nuestro Paraíso, me ganan las ansias de arrancarte las ropas y tumbarte contra el suelo para hacértelo. ¿Me entiendes? No tener sexo, sino hacértelo, generar una alquimia de amores y sutilezas que complemente nuestra fantasía.

* ¿Y eso de verdad importa? – preguntó desganada, soltándose de los brazos de Dimitri, se sentía desconectada del placer que parecía de evidente llegada.
* Importa, claro que importa – contestó él tomándola nuevamente -, ¿cómo no va a importar? Te estoy hablando de una especie de atracción que tiene el jazz y nuestro Paraíso en mí para desearte con locas ganas. Supongo que será un extraño afrodisiaco la suma de estos dos factores, pero… oye, no te amargues, borra ese ceño fruncido, amor mío, te lo suplico. Sólo trato de decirte que en estos instantes que parecen puestos en escena por la estructura de un guion, descubro totalmente mi amor hacía ti. Es como si todos mis deseos se vertieran al pisar la puerta de tu cuarto.

Maggie nuevamente se apartó de sus brazos, se acomodó la falda purpura y con un gesto de indiferencia caminó hasta la alacena a servirse un vaso de vino. Dimitri iba tras de ella, desconocido de sí mismo, hechizado por el jazz, por el Paraíso, por el mayor de sus deseos, seducido por su locura irrefrenable.

* Desnúdate de una vez que debo hacerte el amor.

* No – contestó ella – se me quitaron las ganas.

* Imposible – refutó Dimitri -, nuestro amor carece de eso que tú llamas quitar.

Todo se adiciona, no lo entiendes. El jazz, el Paraíso, tu olor, tu sexo, oh, Maggie, desnúdate de tanta ropa que con tu piel me basta para hacer de esta la noche más esplendida.

* Basta, por favor – dijo ella alejándose con su copa de vino -. Hoy estás más raro de lo normal, pareces un loco. Empezaste de lo más bien, y terminaste arruinándolo todo con tu comportamiento desnaturalizado.

* Te equivocas – contestó Dimitri- , querer hacerte el amor es lo más natural del mundo, sólo nuestro romance lo comprende.
Dimitri caminó hasta Maggie arrancándole el vaso de vino, y la sostuvo nuevamente para mecerla en un baile. Stormy Weather desfilaba por el aíre, y Maggie dejaba ir su ira con una sonrisa bien parecida.

Había algo en Dimitri, una especie de luz de neón que escapaba de sus corneas verdes, un canto de sirena que acompañaba cada letra gesticulada. Pero, ¿qué era? Por lo que Maggie sabía; él se llamaba Dimitri Borowski, de apellido Polaco, caminante mercader de escobas y trapeadores. Conocido en Bosnia por huir de un matrimonio forzado. Historia que sólo hizo mención pero que no tenía interés de contar. Y, además, a Maggie le importaba poco el pasado de Borowski como para preguntar y pedir razones. Y aun así, con sus secretos y su biografía a medias, Dimitri manejaba una especie de sensación que era imposible descifrar. Lo conoció como toda dama parisina conoce a sus pretendientes: en una reunión de amigos amantes de la buena música e intercambio de ideas filantrópicas.

* Usted debe de ser artista – le abordó Borowski

* ¿Yo? – rió Maggie tapándose la boca para no escupir el vino.

* Por supuesto – dijo Dimitri seguro de sí -, su sonrisa es una excelente obra de arte, madame. Debería patentarla, porque estoy pensando en robármela.

Y esos recuerdos, tan lejanos, tan pertinentes, se acoplaban a la situación pasional. Dos sombras bailaban sobre la pared, giraban, se inclinaban, se besaban, se preparaban para el encuentro ocasional que dentro de las páginas de la literatura estaba destinada como el más puro de los sentimientos que tan sólo los hefestos de las letras detestaban por pura misantropía. Mientras tanto el Paraíso, deleitado por la sonoridad de sus adentros, movía su suelo como un fiel danzarín. Las columnas chillaban. Los adornos tintinaban al chocarse contra otros adornos. Un cuadro de John Milton se reventó contra el suelo. Maggie abrazó a Dimitri aterrada.

* No te asustes – dijo apretándola más fuerte que nunca -. Ya pasará, ya pasará.

Pero el movimiento era aún más denso, cada segundo se intensificaba y el vidrió irrompible de la ventana, se quebraba con el ir y venir del viento. Afuera, el Barrio Latino parecía esconderse bajo una nube de polvos y gritos desesperados. Una mujer, de voz chillona, corrió alertando lo evidente: ¡tremblement de terre!, ¡tremblement de terre! Bechet seguía más indiferente que nunca, a pesar de que la vitrola había resbalado del estante, el clarinete resonaba en el Paraíso acompañado del rugido de las paredes. Dimitri, asustado, acarició la cabeza de Maggie, que, bajo el peor de sus miedos, rezaba repetidamente suplicando por la vida eterna.

* No reces – le reprochó con un beso -, no reces que es inservible. Nosotros ya somos eternos en este lugar.

Maggie, con las lágrimas en sus ojos, no encontró palabras adecuadas para responder a Dimitri. Quizás un gesto ensañado por la sinergia. Quizás unas ganas tremendas de mandarlo al carajo. Quizás, quizás de los quizaces, un deseo de callarle las pavadas con un beso. Ya era demasiado tarde para escapar. La puerta había sido bloqueada por un estante. Una enorme boca devoró cierta parte del suelo de la segunda planta, y abajo se veían despojos y a un perro ladrando aterrado. Y qué importaba el después, la cuestión era ahora, y ahora, ahora siempre es tarde. El ahora se cerraba en un código de miradas, de lágrimas, de tambaleos y carajos y más carajos, carajos secuenciales y carajos infinitos. Y tal vez, la desacertada melodía de Bechet, sonando como aquellos carajos angustiados, y tal vez, la noche de jazz en un Paraíso cúbico que no estaba dispuesto a soportarlos.

Revista Sinapsis. 
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