Por: Denisse Hultzsch
Venezuela

11355555_10207119118236740_1418758624_nHacia una mañana de otoño, paseaba bajo la bruma escasa y un cálido sol. Me cubrí con un pequeño abrigo y salí a caminar. Me sentía abrumada, melancólica, molesta y extraña, es inusual andar con estos sentimientos a la vez, pero así me sentía y debía encontrar la manera de cambiarlos o al menos controlarlos. Me encontraba en un momento pleno de mi vida; en la cúspide de la montaña más alta del mundo. Tengo todo lo que una persona desearía: dinero, un buen trabajo, una hermosa casa y un marido amoroso. Las personas a mi alrededor me recuerdan constantemente lo exitosa que soy, sé que muchos se alegran por mí y a otros les corroe la envidia. Sin embargo, yo no me sentía así, al contrario, algo dentro de mí estaba vacío. Caminé durante largas horas, intentando despejar la mente y tratando de comprender qué era eso lo que necesitaba ¿por qué me sentía así? Hay ciertas preguntas que no tienen respuestas y justo me tocó una a mí. Busqué entre páginas de libros de auto-ayuda, también pedí ayuda a varios psicólogos, quienes al final, solo me confundieron más. Tengo ganas de gritar, pero me controlo; desde pequeña me entrenaron para controlarme y ya no lo puedo evitar, gritar en plena calle sería vergonzoso, aun así mi cuerpo lo desee, no está bien. Continué mi recorrido con la luz natural y los árboles frondosos que se acomodaban a los lados de la acera. En ese instante, crucé una calzada y al otro lado empezaba la plaza de la ciudad, había caminado por varias horas y no me sentía cansada, al contrario, quería seguir caminando. A lo lejos observé a un artista urbano haciendo retratos con lápiz grafito. Me acerqué para mirar más de cerca. Los dibujos eran fantásticos, tenían un magnífico parecido con los originales. –Perfectamente deleitables observar el rostro de alguien sin que te observe a ti–. Inmediatamente le pregunté al amable artista si podía retratarme –el dinero no era problema–, tenía suficiente para que me retratara hasta que envejeciera. Me pareció interesante saber cómo los demás me veían y más, si se trataba de un ojo tan experto como ese artista.

Con suma amabilidad me explicó el costo y el tiempo. –¿Tiempo real o por encargo?–, preguntó. Indiqué que me agradaba el de tiempo real, no quería volver a casa tan pronto. El hombre, tan amable y atento, me indicó el taburete donde debía sentarme mientras preparaba todo su material para iniciar el trabajo. Había una considerable distancia entre los dos. El caballete estaba en medio, pero igual tenía visibilidad hacia mí. Tomó inspirado un viejo lápiz para iniciar el bosquejo, su mirada era sensible y profunda; como la de cualquier artista amante de su profesión. Trazó diminutas líneas sobre el papel y luego levantó la mirada hacia mí. Entonces, imaginé que había visto un fantasma, porque su mirada había cambiado totalmente, ahora tenía asombro y miedo. Me giré asustada, creyendo que alguien estaba detrás de mí, pero no era así, los transeúntes caminaban de un lado a otro sin fijarse en ese pequeño espacio de arte. Le pregunté si todo estaba bien, pero continuaba aterrado y mirando hacia mi hombro sin poder pronunciar palabra. Se levantó y tomó el bastidor del caballete y lentamente lo acercó hacia mí. –Llévelo con usted– dijo –es gratis, se lo regalo, por favor no me haga daño–. Aún me miraba con mucho miedo. No comprendía sus palabras –¿Hacerle daño?– balbuceé confundida. Me levanté inmediatamente y exigí una explicación, pero de nada sirvió. El artista tomó sus cosas como pudo y me dejó ahí con el bastidor a medio empezar en la mano.

Eché a andar, pensando en un lugar para botar el objeto inservible que inexplicablemente me dejó el artista. De regreso me arrepentí y me pareció que lo mejor era guardarlo para contar ese extraño suceso a cualquier invitado que lo viera. Entré al departamento. La nota de Luis continuaba en el mesón: –Llegaré tarde, te amo–. En el living aparté un cuadro pequeño y viejo de un paisaje con pintura de óleo en el que resaltaban unas montañas y un cielo azul y perfecto –aburrido–. A continuación, colgué el dibujo, sin enmarcación, tal y como lo había recibido y me fui a dar una ducha.

Horas más tarde regresé al living, lista para verme con mis amigas. Entonces me di cuenta de algo extraño que estaba en la pintura. Una mancha negra se había plasmado en el centro del perfecto cuadrado blanco. No era tan grande ni tan pequeña, tenía el tamaño de una moneda de diez centavos. Busqué atenta en los alrededores alguna posible grieta por donde se haya deslizado la gota

negra, pero todo estaba en orden. Al volver al recuadro, me fijé, asombrada, que la mancha ya había duplicado su tamaño. Sin comprender, lo separé delicadamente de la pared, pero no encontré ningún derrame o filtración. Lo dejé. No tenía miedo, pero si curiosidad. Empecé a crear hipótesis en mi cabeza: la primera: el artista aplicó una pintura invisible que se hace visible luego de un corto tiempo y segundo, se ensució en el recorrido y hasta ahora no me había dado cuenta. Me doy vuelta, recordando que debía salir rápido para no llegar tan tarde. Tomé mi bolso y las llaves del auto, entonces, observé hacia el bastidor que ya no era blanco, sino negro. La mancha negra cubrió, en pocos segundos la mitad de todo el cuadrado. Se movía, sí. Parecía brea cayendo hacia arriba y a los lados. ¿De dónde salió? Incapaz de salir de mi absoluto asombro. Me paralicé al comprender que aquella sustancia desconocida, empezaba a salirse de los límites para recorrer la pared que la sostenía. Di unos cortos pasos hacia adelante. Sumamente sorprendida. La sustancia empezó a cubrir con rapidez las luces y las ventanas. No tuve tiempo de reaccionar. Entonces, me quedé a obscuras, sin poder ver nada. Intenté caminar con pasitos cortos, recordando en mi cabeza, el recorrido hacia la puerta. Pero, algo me dijo que estaba dando vueltas hacia ninguna parte. Permanecí calmada hasta que algo me heló la sangre. –¿A dónde vas?– dijo una voz femenina acompañada de horribles ecos. La ignoré atribuyéndosela a mi subconsciente. Continué caminando ciega y sudorosa. Llegué hasta una superficie sólida que palpé con las manos. Las deslicé creyendo que había llegado hasta una de las ventanas. La recorrí de arriba abajo, entonces, me paralicé al tocar algo que no era superficie plana. Aquello tenía una textura arrugada, áspera y a la vez de piel viva. Entonces, empecé a sentir una leve brisa golpear mis mejillas. –¿A dónde ibas?– volvió a preguntar la voz muy cerca de mí. No tenía a donde ir. Me puse rígida e intenté dar varios pasos atrás. En ese instante, sentí que algo se subía por mis pies. Con un alarido de horror, levanté uno y otro dando leves saltitos. Sabía que era la sustancia negra que empezaba a arroparme la piel. –Me perteneces y ya es hora de que te tome– escuché en un eco aterrador y luego una risa espantosa y malévola le siguió. El líquido ya había alcanzado mis hombros y empezó a quemarme, intenté pelear y apartarla, pero era imposible. Grité con muchas fuerzas. Caí al suelo revolcándome por el dolor insoportable y las paredes volvían a ser las mismas de antes.

El dolor pasó, me levanté lentamente y me di cuenta que no había ventanas, ni muebles, ni puertas, ni nada; todo era tan blanco y puro que provocaba vomitar. Algo no estaba bien en mí. Sentía que algo me faltaba, me sentía desnuda y fría. Bajé la mirada y volví a gritar con terror en mi más profundo ser. No tenía piel, a la vista estaban mis músculos y la sangre derramándose entre ellos. Miré a la presencia, tenía tres ojos tan rojos como la sangre pura, su boca era tan grande que las comisuras de sus labios alcanzaban los lóbulos de sus orejas y sus colmillos eran pequeños y filosos como agujas. No tenía nariz, pero si dos cavidades huecas que daban visibilidad a la masa asquerosa que cubría su cráneo amorfo. La observé vestirse con mi piel. Con la piel que me había robado; como si fuese una braga de constructor. Dio unos pasos lejos de mí y en un instante desapareció. Más adelante, observé el living desde una perspectiva extraña; veía todo desde arriba. La presencia apareció del otro lado del bastidor y con mi aspecto, tomó el bolso y las llaves del auto. Me miró por un momento y luego sonrió maliciosamente. Ya no veía sus ojos rojos, ahora veía los míos castaños pero con mucha malicia y odio. Fue cuando entendí que estaba atrapada y que me dejé manipular y robar mi identidad por ese ser malvado que estaba dentro de mí. El demonio que intenté encerrar por tanto tiempo, desde pequeña. El demonio del que me había olvidado al fin consiguió, por medio del retrato inacabado, salir, atraparme y apoderarse de mi vida perfecta. Qué tonta fui al aceptarlo, fui tan tonta al no deshacerme de él. Ahora estaré encerrada para siempre, como una vez lo estuvo ella y no habrá ningún otro artista dispuesto a pintarla, porque no será capaz de mirarle a los ojos.

Revista Sinapsis. 
Todos los derechos reservados al Autor. 2015 ©

Anuncios