Por: Álvaro Fernández 
Argentina

ÁlvaroSiempre lo volteaba con la astilla. Eran compañeros, pero siempre salía perdiendo en la repartija. Él callaba y recibía lo que el Loco tito le daba. Si eran cien, setenta y treinta, y hasta noventa y diez llegó a ser. El otro era más grande y Ángel era un guacho, recién empezaba. El otro ya había estado preso varias veces y Ángel nunca. Solo entradas a la comisaría por fumarse un porro en la esquina y nada más.
Y robaban giladas: kioscos, taxis, casa de ropa, gente que caminaba por ahí, boludeces. Casi siempre iban borrachos y era para tomar más falopa.

Una noche robaron a una agencia de quiniela, levantaron la persiana, entraron y sacaron buena guita, cuando el Loco tito empezó a contar para repartirla como lo hacía siempre, Ángel le apuntó con su Bersa a la frente. “Hoy es cincuenta y cincuenta, Tito” “¿Qué cómo?” El veterano ladrón amagó con retobarse y Ángel le explotó el ojo derecho de un tiro, aunque ya no tenía más a su compañero, Ángel separó el botín en dos partes iguales su cincuenta por ciento se lo guardó en el bolsillo, mientras pensaba qué hacer con la mitad de quien siempre repartía a su favor, decidió no tener nunca más un compañero y salir a robar solo.

Revista Sinapsis.
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