Por: José Maria Pacheco
México

Snapshot_20150506_37Las marcas de la muerte lascivia donde la tierra cubre las virtudes de los canallas, purgados por el licor que los atragantaba cada vez que el sol callaba y volvía a arder por su furia natural.

Donde cayeron probablemente nunca lágrimas de un hijo que no existió por la esterilidad que sus vicios inyectó sobre su conciencia y eso les volvió  en folladores sin apuro y sin remedio.

Y filtraron un cáncer en un fetiche que la gente no necesitaba en la fuente, lugar donde emergen sus ideas y su lúgubre río espiritual verde, en el que nadan en el mar de su vómito, colorado por el dolor que tenían en las entrañas.

Amarrados a los libreros que únicamente cargan portadas negras y sin traducir por la codicia de la punta del excito social, mientras se acercan los momentos de hambre, lujuria, resacas y ratas.

La belleza de la absolución de sí mismo sobre parafilias frías como un cadáver, penetrando ovarios que ya no pueden engendrar para crearlos de nuevo y ver sus caras desesperadas de abstinencia.

Acciones que permiten tocar lo alguna vez vivo, excitado por el cabello que ya no crecerá en sus ya desiertos jardines, muertos por la cólera que el sabor de su carne tuvo días pasados recibiendo el sol ardiente.

Placeres que no existen en la fusión de sus cuerpos sino encerrados en el orbe de cristal que sostiene el semen que bañara el túnel, en el cual atraviesan las flores que nacen después de más de nueve días.

Un cielo con nubes hechas de venas y huesos del que emerge su mano, con sus dedos manosea las hojas secas de sus matorrales y el monte se veía desde Venus húmedo por  la lluvia de las pasiones.

Calderas que cocinan en un caldo de infecciones sus miembros después de eyacular en el pasto que rodea la cuna del sufrimiento de sus madres, marrando  la dicción con escupitajos de su comida a medio masticar.

Supuran su dolencia por su órgano sexual, embarazando a la estupidez para que el día siguiente monte en sus libidos y se multiplique su descendencia en orden alfabético.

Violé mi propia virginidad, vendiendo y comprando coitos en la ciudad nocturna, gozando la borrachera de aguardiente, whisky, tequila, brandy, vino, jarabes y jugos sexuales.

Inhalan conmigo el aire pesado, adornado de humo producido por llamaradas calmantes que se desmoronan en una maceta de flores, con labios vaginales en vez de pétalos multicolor.

Yo lloro y ellos lloran en las festividades de la mala vida, quejándonos, manoseándonos, disfrutándonos, devorándonos;  fumando el dolor del mundo en pipas apestosas de vanidad.

Revista Sinapsis. 
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